¿Mejores pitchers o peores bateadores?

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Jorge Morejón

El derecho Jake Arrieta propinó el domingo el quinto juego sin hits ni carreras de la temporada, para ratificar el dominio cada vez mayor que los lanzadores están ejerciendo sobre los bateadores desde que terminó casi en su totalidad la era de los esteroides.

Y no es que las sustancias, ahora prohibidas y hasta hace no hace mucho toleradas, beneficiaran sólo a los bateadores.

Muchos serpentineros también las utilizaron, aunque sus efectos se vieran más en los toleteros.

Por ejemplo, hace diez años, cuando las Grandes Ligas aún no habían adoptado una política antidopaje, el promedio de bateo colectivo en las Mayores fue de .264.

El pasado año, esa estadística cayó hasta .251, mientras que hasta el Juego de las Estrellas del 2015 andaba por .253.

En la temporada del 2005 se pegaron 5,017 cuadrangulares, la efectividad colectiva de los pitchers fue de 4.28 carreras limpias por cada nueve entradas de actuación, se propinaron 261 blanqueadas y los bateadores se poncharon 30,644 veces.

El año pasado la cifra de jonrones decayó a 4,186, casi mil menos que una década atrás.

Los tiradores lanzaron para porcentaje de carreras limpias por juego de 3.74 y consiguieron 359 blanqueos, casi un centenar más que en el 2005, mientras que la cantidad de abanicados se disparó hasta los 37,441.

Hasta la pausa por el Juego de las Estrellas de este año los vuelacercas andaban por 2,520, la efectividad de los lanzadores era de 3.82, con 178 juegos sin carreras y 20,133 ponches.

El nuevo comisionado Rob Manfred ha manifestado su preocupación por la baja ofensiva y ya anda pensando en medidas para incrementar de nuevo el bateo y reducir la ventaja que con tanto trabajo han conseguido sacar los serpentineros, tras años de sufrimientos y competencia desleal.

Una de las propuestas es prohibir las formaciones especiales que se aplican a ciertos bateadores, eminentemente haladores de bola para su mano.

Este es un invento muy viejo, que viene desde los tiempos en que Ted Williams era “el mejor bateador que haya existido”.

Lou Boudreau, entonces manager de los Indios de Cleveland y miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, cargaba a todo el infield hacia la banda derecha para tratar de cerrar el paso a los batazos de Williams.

Desde hace unos años se ha puesto nuevamente de moda, principalmente ante bateadores zurdos.

Según Manfred, esta es una de las razones por las que ha decaído la ofensiva.

Otra idea que se ha manejado es la de disminuir la altura del montículo.

Hasta 1968, último año en que un pitcher superó las 30 victorias (Denny McLain, de los Tigres de Detroit, con 31), la lomita se elevaba a 15 pulgadas.

A 1968 se le llamó el Año del Pitcher y no sólo por los 31 triunfos de McLain.

Bob Gibson encabezó la Liga Nacional con una efectividad de apenas 1.12, mientras que el cubano Luis Tiant lo hizo en la Americana con 1.60.

Don Drysdale tiró 58.2 innings consecutivos en blanco y Carl Yastrzemski (.301) fue el único jugador sobre .300 en el joven circuito y ganador de la corona de bateo con el más bajo promedio de la historia.

En 1969 se bajó la loma hasta las diez pulgadas de la actualidad, se redujo la zona de strikes y la ofensiva explotó, para colocarse nuevamente sobre el pitcheo, estadísticamente hablando.

Pero con el tiempo, los lanzadores consiguieron superarse, surgieron nuevos envíos como el splitter en los 80, perfeccionaron otros, mejoraron las técnicas de entrenamientos y los serpentineros aumentaron su velocidad, para igualar nuevamente la balanza, hasta llegar a hoy, cuando el máximo jerarca del béisbol quiere volver a perjudicar a los tiradores.

Es cierto que el jonrón es la expresión suprema del juego, el equivalente al gol en fútbol, a la canasta de tres puntos en el baloncesto, al touchdown en el football.

Pero no todos pueden batear 40, 50, 60 o 70 bambinazos por año, como sucedía en la era de los esteroides, porque cuando lo exclusivo se convierte en cotidiano pierde el brillo.

Lo de las formaciones especiales es discutible. ¿Por qué a Miguel Cabrera no se le carga todo el infield hacia una sola banda?

Porque Cabrera sabe aprovechar todo el terreno para sus disparos y no por gusto es el mejor bateador de todo el béisbol.

A Ted Williams la formación Boudreau no lograba anularlo, porque estamos hablando del “mejor bateador que jamás existió”.

Pero no todo el mundo es Williams y a bateadores más limitados es muy fácil ponerlos out con esa estrategia.

Independientemente de la mejoría lograda con el tiempo por los lanzadores, los bateadores actuales, en su gran mayoría, se convirtieron en una suerte de robots, cazadores de un solo pitcheo e incapaces de descifrar los envíos en fracciones de segundo y ajustarse a lo que les viene hacia el plato.

Desde que se inventó el béisbol, una máxima de este deporte es que, con dos strikes en la cuenta, hay que hacerle swing a todo lo que se acerque a la zona buena.

Y no es que uno no pueda poncharse con un tercer strike cantado, pues a veces hay curvas que le parten la cintura al bateador y tras aparentar que van en zona mala, rompen a última hora y pasan por el área buena.

Pero, ¿cuántas veces no vemos a bateadores que se dejan cantar rectas al mismo medio del plato, con una pasividad que exaspera y sin la mínima intención de hacerle swing?

En el 2014, uno de cada cuatro ponches que se propinaron fueron con tercer strike cantado, ¡25 por ciento! una cifra demasiado alta para profesionales que viven para eso.

¿Por qué ha desaparecido en gran medida el llamado juego pequeño, con la velocidad en función de la ofensiva?

Porque, como consecuencia de la reciente época de los esteroides, todo el mundo quería botar la pelota y hasta los managers se olvidaron de otras tácticas y estrategias.

Entonces, no es quitarle a los pitchers lo que han logado con tanto esfuerzo.

Se trata de hacer a los bateadores más inteligentes, más selectivos y agresivos, capaces de aprovechar todo el terreno para sus conexiones y menos vagos.

Háganle swing a la pelota que esté en zona y no tengan miedo a poncharse, pues esa es la única manera de chocar con la bola. Todavía no ha habido quien haya disparado un jonrón sin mover el madero.

Es a los bateadores (y a sus entrenadores) a quienes les toca perfeccionarse con trabajo duro, que para eso les pagan y muchísimo.

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