Báez, bate de la ilusión en Chicago

Javier Baez

Kevin Van Valkenburg

DES MOINES, Iowa — El swing más poderoso de la historia de las ligas menores comienza cada turno de bateo con la más fría indiferencia en la mirada. Indiferencia que termina empañada de violencia. Pero cuando Javier Báez conecta, cuando sincroniza su armoniosa patada con el serpenteo de sus brazos y torso, lo que nos maravilla no es ni la trayectoria de la bola, ni la distancia que recorre. Es el sonido que emiten la pelota y el bate cuando se encuentran. Es una mezcla de hambre y rabia. Una maza golpeando el acero.

Hasta escucharlo practicar sus bateos a puertas cerradas es hipnotizante. En una tarde de agosto reciente, Báez sigue la letra en español de “Esta Noche”, de Justin Quiles, mientras espera pacientemente su turno para batear, sumido en las entrañas del estadio de los Iowa Cubs, Principal Park. Juega con sus guantes verde neón, bromea con sus compañeros y mueve la cabeza al compás de la música. Parece un hombre de 22 años con cara de niño, que no tiene ni una sola preocupación en el mundo. Pero cuando entra a la jaula, todo su cuerpo y su actitud se endurecen. El hombre surge de las sombras del niño, y cada swing desata una explosión de sonido que hace eco en los bloques de cemento a un volumen ensordecedor.
“Tiene un poder que jamás se ha visto”, dice el manager de los Iowa Cubs, Marty Pevey. Dos horas después, contra los Nashville Sounds, Báez llega al plato deseando una bola rápida, para arrancarla de la cerca del jardín derecho, lograr un triple RBI y aportar a la victoria de los Cubs por 3-1. Sucede muy a menudo. A lo largo de los 63 juegos Triple-A de los Cubs de esta temporada, este jugador ha bateado .315 con 13 cuadrangulares, 57 RBI y un OPS de .925.
Entonces ¿por qué sigue Báez en Iowa? Es la historia sin fin de esta temporada, la misma pregunta de siempre, la eterna y remanida historia del segunda base confinado a los campos de maíz.
“Le está yendo muy bien”, dice el manager de los Chicago Cubs, Joe Maddon antes del juego del lunes contra los Indians, una semana antes de la anticipada expansión de la nómina en septiembre. “La idea para él es que le siga yendo bien. Que alguien empiece bien no significa que haya que convocarlo de inmediato”.
Bueno, sin duda. Pero ojalá y la historia de Báez fuera tan simple. Llegado en la temporada 2014, el analista sénior de béisbol de ESPN, Keith Law, ubicó a Báez en el puesto siete de la lista de las principales promesas del béisbol, por encima de Kris Bryant y Jorge Soler. (Addison Russell era el número 3).
Ese año, mientras Bryant y Russell seguían en las menores, Báez brilló en su debut en las mayores, anotando tres jonrones en sus primeros tres juegos a principios de agosto. Ese brillante comienzo se opacó cuando los lanzadores descubrieron que le gustaba perseguir los lanzamientos, incluso los que estaban a metros del plato; por eso su total de strikes tuvo un alarmante ascenso. Aunque su defensa en la segunda era sólida, fue eliminado 95 veces en 213 turnos en el bate, con solo .169 en 52 partidos.
“Me costó mucho aprender a hacer los swings que ellos querían, por el modo en el acostumbro a hacer los míos”, explica Báez. “Hacer el ajuste ha sido muy difícil”.
Pero él ha estado haciendo uno, en Iowa.
A unas 330 millas, en Chicago, los Cubs, que por años han sido objeto de escarnio por su juego inepto, están desplegando una gama de talento joven en su campo de juego. Años de selecciones y de importantes inversiones en el desarrollo de los jugadores están rindiendo más frutos de los que nadie esperaba. Bryant, 23 y Russell, 21 son dos de los mejores jugadores jóvenes de la Liga Nacional. Esta temporada ha sido más difícil para Starlin Castro, a quien incluso cambiaron por Russell como frenador y, sin embargo, este ya jugó en tres Juegos de las Estrellas para los Cubs, con solo 25 años.
En algún sentido, Báez es una víctima de las circunstancias. Los Cubs, que se dieron el lujo de la paciencia por primera vez en diez años, no tuvieron lugar en el cuadro interior. Incluso hubo rumores de que Báez era candidato a ser cambiado, cuando el equipo se preparaba para el último impulso en las eliminatorias.
Pero la permanencia de Báez en las inferiores no es meramente circunstancial.

Javier BaezNorm Hall/Getty Images

DURANTE UN JUEGO a fines de mayo contra los Reno Braves, Báez se aproxima a la caja de bateo. Se lo ve ansioso, sus movimientos son robóticos. Se para lejos del plato y lo estrocan. Luego comienza a hacer su swing, sin importarle dónde está. Exagera la patada, elonga y se abalanza sobre la bola. Llega al plato tres veces, y lo engañan seriamente cada vez. Con cada swing, tenemos la sensación de que quiere enviar la pelota hasta el domo dorado del Capitolio de Iowa, que se ve desde la cerca del campo central, a 2 millas de distancia.
Parece tener la mente en otra parte. El dolor todavía es muy intenso.
Ese mismo día, más temprano, Báez estuvo casi una hora contando historias sobre su hermana, Noely y su padre, Angel, intentando explicar el impacto que tuvieron en su vida y en esta temporada. Es difícil hablar de ellos en tiempo pasado, dice, en especial de Noely. Eran una parte importante de su historia, del hombre que intenta ser. A comienzos de la temporada, después de 21 años “milagrosos”, Noely murió por complicaciones relacionadas con su espina bífida. Ella era su confidente, su inspiración y su mayor apoyo.
Después del funeral, Báez se enfrentó con las preguntas que todos nos hacemos en algún momento de nuestras vidas: ¿Cómo encontramos el tiempo para el consuelo, cuando el mundo no se detiene a esperarnos? ¿Nos enfocamos en nuestra carrera o en nuestra familia? ¿Tomamos una decisión egoísta o una altruista?
Báez eligió la familia. Se tomó una licencia de dos semanas para estar con su madre y sus hermanos, y la organización no dudó en otorgársela. Durante su ausencia, sin embargo, Bryant y Russell fueron ascendidos. Luego, cuando parecía que en junio, por fin había llegado su turno, se quebró un dedo en una carrera a la segunda base.
“Ha sido muy difícil y frustrante”, dice Báez.
Y también ha sido la temporada más importante de su vida.
POCO DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE NOELY, los médicos en Bayamon, Puerto Rico, le informaron a la familia Báez que la niña no viviría más que algunas horas. A duras penas lograría pasar la noche. Su médula espinal no se había desarrollado correctamente en el útero, una afección conocida como espina bífida. Sus órganos internos y su sistema circulatorio eran un desastre y era posible que tuviera daño cerebral.
Javier solo tenía 11 meses de edad, era demasiado pequeño para recordar lo que pasaba entonces, pero su hermano mayor, Rolando (de 11 años entonces), todavía recuerda el dolor de sus padres. “Yo era solo un niño, por eso no entendía muy bien lo que pasaba, pero todos nos dejaban en claro que ella no estaría con nosotros mucho tiempo”, explica Rolando.
Pasaron dos horas y Noely, una luchadora desde el nacimiento, seguía respirando. Un día después, los médicos volvieron a hacer cálculos. Era posible que viviera cinco semanas y hasta algunos meses, dijeron. Cuando esos lapsos pasaron, ya nadie sabía qué pensar. ¿Un año? ¿Una década?
“Cuando empezó a crecer, nos dimos cuenta: Esta niña no es discapacitada”, dice Rolando. “Es un milagro”.
Javier tenía 7 años cuando su mamá, Nelida, lo sentó e intentó explicarle a él y a su hermano del medio Gadiel, qué era la espina bífida, para que pudieran entender por qué Noely no caminaba, por qué le resultaba difícil hablar y para qué necesitaba un dispositivo eléctrico conectado al cerebro para que la sangre circulara por su cuerpo.
Las complicaciones médicas usualmente implicaban largas internaciones de Noely en el hospital y a Nelida negándose a abandonarla en ningún momento. Por eso lo hijos quedaron al cuidado de su papá, Angel, que fue el principal cocinero, entrenador y confidente de la familia, en especial después de que Rolando fuera reclutado por los Padres y dejara el hogar para jugar en las ligas menores.
“Mi padre hacía las cosas más locas para hacernos reír”, expresaba Javier. “Un día, el equipo de béisbol de mi hermano ganó un campeonato, y mi papá se trepó a la red que está detrás de la base del bateador para celebrar, hasta bien arriba, y después no sabía cómo bajarse. Tuvimos que llamar a la policía para que lo ayude”.
Los chicos encontraron consuelo en el béisbol. Incluso desde joven, el talento de Javier en la cancha era evidente. Javier floreció bendecido con un cuerpo fuerte y atlético, manos fuertes y pies de un bailarín de salsa y rodeado por hermanos y primos amantes del béisbol. Su abuelo había sido un lanzador excelente en la liga de Puerto Rico, peo Javier estaba determinado a superarlo. Planeó su acercamiento a la base después de su jugador favorito, Manny Ramírez, y fue detrás de las pelotas de béisbol como si lo hubiesen ofendido y estuviera buscando venganza.
“Dentro de la cancha, era una persona diferente”, dice Rolando. “Se comportaba como si hubiese estado en las grandes ligas por 20 años. Pero luego llegaba a casa y solo era un niño.”
Javier se preguntaba por qué Dios le había dado un cuerpo capaz de hacer tanto pero le había dado a su hermanita una columna torcida y pulmones dañados. Esto parecía injustamente cruel, incluso para el niño con este don físico.
“Pensaba mucho en eso”, dice Javier. “Pensaba: ¿Qué pasaría si pudiese darle mis piernas? ¿Qué pasaría si pudiese tomar su lugar para que ella pudiera caminar? Pero ella no quería eso. Quería hacer cosas por sí misma”.
ANGEL Báez NO ERA un hombre grande, 1,60 m, aproximadamente. Pero sí era una persona trabajadora que hacía lo mejor para mantener a su familia.
“No éramos ricos ni pobres, teníamos lo suficiente”, dice Javier. Ángel cortaba el paso para ganarse la vida y era empleado de Twins Landscaping, una empresa grande local, donde se encargaba de cuidar las canchas y estadios de béisbol en Bayamon. Por momentos parecía incansable e indestructible, que es por lo que se sorprendió su familia cuando una noche de verano llegó a su casa del trabajo y se fue directo a dormir. Normalmente, llevaba a sus hijos a jugar a la pelota o a pegar roletazos, pero ese día estaba exhausto.
En medio de la noche, Ángel se tambaleó hasta el baño y comenzó a vomitar. Javier, que en ese entonces tenía 12 años, escuchó el alboroto. Sabía que su madre estaba en el hospital con Noely, por lo que se levantó a ver si Ángel necesitaba ayuda.
“Lo sostenía en el baño mientras vomitaba”, dice Javier. “Le dije: ‘espérame, voy a despertar a Rolando para que te pueda cuidar’. Mientras mi hermano se vestía, volví al baño y lo vi tirado en el piso. Traté de hablarle, de levantarlo, pero no tenía mucha fuerza para hacerlo”.
Fue entonces que Javier notó el corte en la cabeza de su padre. Al parecer, Ángel trató de levantarse, se resbaló y se golpeó la cabeza contra el lavabo o el inodoro. Tenía un corte profundo en su cabellera y su cabello estaba empapado en sangre. Los chicos llamaron desesperadamente a su madre, pero para el momento en que su padre llegó al hospital, era demasiado tarde. Ángel murió, dice Javier, como resultado de ese golpe en la cabeza.
“Recuerdo pensar ‘no puede ser que esto esté pasado'”, dice Javier. “Fuimos a la casa de mi abuela y había mucha gente afuera, tantas que hasta casi parecía una fiesta. Vi a mi mamá en la sala de estar, y le dije ‘sé que papá no va a estar más aquí, pero nosotros sí. Tenemos que ser fuertes’. Ella se calmó un poco después de eso, pero era una situación muy mala”.
Él se negaba a que alguien lo viera llorar. Estaba decidido a ser fuerte. Pero cuando nadie lo estaba mirando, se metió en la habitación de su abuela, cerró la puerta y comenzó a llorar.
POR UN AÑO, la familia Báez intentó ganarse la vida en Puerto Rico, pero se hacía cada vez más difícil. Nelida decidió mudarse con su familia a Carolina del Norte, con la esperanza de, al menos, tener un mejor acceso a la salud para Noely. Rolando, en ese entonces recién casado, se quedaba en Puerto Rico.
La familia tenía familiares en Carolina del Norte que los ayudaron en su transición. “Honestamente, no recuerdo ni qué parte del Estado era” dice Javier. “Solo recuerdo que nos mudamos al medio de la nada”. Pronto la familia se dio cuenta de que habían cometido un error. Javier y Gadiel se inscribieron en una escuela con un programa con inglés como segundo idioma pero se sentían totalmente perdidos.
También estaban horrorizados cuando se enteraron de que el béisbol era solo un deporte de temporada en los Estados Unidos.
“No tenemos amigos; no hablamos inglés; y hacía 115 grados afuera, no podíamos hacer nada”, cuenta Javier. “Todo lo que recuerdo es escuchar a mi mamá llorar todos los días”.
Finalmente, Javier dio un ultimátum infantil: O encuentras una situación mejor para nosotros o nos dejas mudarnos de nuevo a Puerto Rico. Nelida lo pensó, llamó a una amiga que conocía hacía muchos años (su hija también tenía espina bífida) y dio otro salto de fe. Le darían una oportunidad a Jacksonville, Florida.
“Al principio, pensé que era aburrido”, expresa Javier. “Cuando estás en casa, escuchas ruido por todos lados. Puerto Rico es ruidoso y siempre hay algo para hacer. Jacksonville no era así”. Sin embargo, el béisbol en Jacksonville no era aburrido o extraño. Se sentía como en casa cada vez que se ponía un guante o pisaba el plato. Se unió a un equipo de viajes, hizo algunos amigos y aprendió inglés de forma gradual chateando con sus compañeros de equipo (y mirando televisión). También sacó músculos en su contextura desgarbada. “La primera vez que volé a Jacksonville fue un año después de que se mudaron de Carolina del Norte”, cuenta Rolando. “Fui a un torneo en Lakeland a ver a Javy. No podía creer lo que estaba viendo. Parecía un hombre grande”.
A la mitad de la carrera en la escuela secundaria de Javier en Arlington Country Day, el mundo de los exploradores y los managers del béisbol comenzó a notarlo también. Al principio no estaba visto como una promesa de élite, pero siguió destruyendo bolas de béisbol. Llamó la atención de la gente. En su último año, bateó un espectacular 771 (64-por-83), con 22 jonrones, 20 dobles y 6 triples. Fue suficiente para persuadir a los Cubs a que lo contraten con el n.° 9 en la lista de las Grandes Ligas del Béisbol 2011 y le entregaron un contrato de $2 600 000.
Mientras las acciones de béisbol de Báez mejoraban, también lo hacía la situación de Noely. Tenía mejor atención médica en los Estados Unidos, iba a la escuela que le gustaba y estaba disponible para mirar los juegos de béisbol de su hermano. “Se volvía loca cuando yo hacía un strike”, cuenta Javier.
“Me gritaba, ‘¡Haz un hit! ¡Haz un hit!’ Entonces cada vez que hacía un jonrón, la señalaba. Le encantaba”.
Con el tiempo, los hermanos de Noely aprendieron que era injusto ponerle límites. No le gustaba que empujen su silla de ruedas, insistía en hacerlo ella misma. Si sus hermanos iban a cabalgar y se metían en la piscina familiar, insistía en unirse al combate, y ellos la lanzaban a la pileta también (con mucho cuidado).
Cuando andaban en moto de agua en el mar, ella les rogaba que la lleven, entonces la sujetaban bien y rebotaban en las olas. Cuando Rolando compró una motocicleta, la sentó en la parte trasera y la llevó a dar un paseo. Uno de los recuerdos favoritos de Báez de su hermana siempre será el día que llevaron a Noely a Disney World, un lugar que había añorado conocer por muchos años, y ella descendió por Splash Mountain.
“Mi mamá estaba muy preocupada”, recuerda Báez. “Pero Noely estaba tan feliz. Gritaba y gritaba. Le gustó mucho”.

Javier BaezAP Photo/Paul Beaty

EL DÍA QUE Báez tuvo su debut en agosto del 2014 contra los Rockies, caminó al plato como un veterano de hacía 10 años. Estaba listo. Había soñado con eso toda su vida. Como un adolescente, con el logo de las Ligas Mayores tatuado en la parte trasera del cuello, era su destino ser una superestrella, y esa era su oportunidad. Diez miembros de su familia, incluso Rolando, Noely y su madre, estaban en Denver para verlo.
Hizo un strike, un out y otra vez un strike.
Cuando entró al plato en el 12 con el juego empatado 5-5, miró al lanzador Boone Logan, enterró el pie de atrás, movió su bate y bateó una bola rápida al campo opuesto y anotó un jonrón. Mientras recorría las bases, señaló al cielo, luego a su familia en la tribuna. Dos días después, en el tercer juego de su carrera, bateó dos jonrones más contra los Rockies, y se convirtió en el tercer jugador de béisbol de la historia en hacer tres jonrones en los tres primeros juegos de su carrera.
Lo hacía parecer fácil. Pero solo al principio. En los dos meses siguientes, hizo strikes a un nivel extraordinario (41,5 por ciento de sus bateos). Ganó el sombrero de oro cinco veces; cuatro strikes en un juego. Otras nueves veces, hizo tres strikes en un juego. Según FanGraphs, el 39 por ciento de sus swings salieron de lanzamientos fuera de la zona de strike.
Los Cubs estaban preocupados porque su swing curvo no duraría una temporada completa. Los Cubs se daban el lujo de sortear su formación durante el año, con el equipo muy lejos de perseguir un desempate. Si fallaba, habría una discusión más grande sobre los ajustes que debía hacer y, probablemente, otra temporada en las ligas menores. Para el final de la temporada, estaba claro que algo debía cambiar. Firmó para jugar en los juegos de invierno en Puerto Rico pero obtuvo resultados mezclados.
“Debe acortar el swing”, expresa el manager de los Cubs de Iowa, Pevey. “De lo contrario, seguirá escolarizado. Cuando el cañón del bate parece el driver de John Daly, crea una curva gigante. Mientras más grande es el swing, más rápido debe comenzarlo. Entonces estás retrasado en la bola rápida y out en un quiebre de la bola. Ahí reside el mayor problema”.
Báez insiste en que estaba escuchando en los entrenamientos de primavera de esta temporada, absorbiendo información, haciendo cambios. Dirigía la bola al campo opuesto en las prácticas de bateo y aspiraba al trabajo del Día de apertura en segunda base. Pero con los Cubs como contrincante por primera vez desde el 2008, no pudieron afrontar donar bateos.
Maddon dijo que Báez era uno de los mejores jugadores jóvenes que había visto, pero también advirtió que no era seguro que formara parte de la lista. “No existe un programa de privilegios”, expresó Maddon cuando se le preguntó sobre Báez en el entrenamiento de primavera. “Todo se tiene que ganar”.
En realidad a Báez le dolía. Los años de procedimientos médicos habían afectado el cuerpo de Noely, y si bien su mente quería seguir peleando, sus órganos no cooperaban. Recientemente había pasado seis meses en el hospital por problemas en sus pulmones y parecía que iba a tener que volver.
“Cada vez que los médicos la intubaban, sus pulmones se debilitaban”, cuenta Báez. “Era muy duro. Ni siquiera podía levantarse. No podía hablar. Había que tocarla para que supiera que estabas ahí porque había muchas máquinas. Creo que, al final, decidió irse en lugar de que la intubaran de nuevo”.
Mientras tanto, pareció por un periodo breve que Báez podía llegar a la lista del Día de apertura de los Cubs a pesar de su bateo pobre durante la primavera (173 con 20 strikes en 52 bateos).
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Muchos medios informaron que se le había dicho que él hacía el equipo. Pero en los recortes de la lista, a Báez lo descendieron a Iowa (como a Bryant y a Russell).
“Está tan cerca de resolver el asunto dentro del cajón del bateador”, les expresó el manager, Theo Epstein, a los periodistas. “Sentimos que el Triple A es el foro correcto para él, el camino correcto para que siga haciendo esos ajustes y quede asegurado. Todo el resto lo hace bien dentro del campo de béisbol. No está lejos de lograrlo”.
Si bien pudo con su decepción, Báez no pudo dejar de preocuparse por Noely. Llamó a su madre para ver si había novedades. Trató de asegurarle que las cosas estarían bien, que debía concentrarse en el béisbol, pero él estaba en el medio de dos mundos.
EL DÍA ANTES de la apertura de temporada de los Cubs, fue a entrenar. Mientras se preparaba para entrar al campo, recibió una llamada de Gadiel que estaba jugando al béisbol en el Tabor College: “Acabo de hablar con Rolando. Está con Noely. Estaba llorando. Sabes que él nunca llora. La situación está complicada. Creo que es momento de que volvamos a casa. Ahora”.
Báez les pidió a los Cubs que lo pusieran en el próximo vuelo a Jacksonville, y lloró todo el vuelo. Trató de prepararse, de recordar que toda la vida de Noely había sido un milagro, que los 21 años que había vivido eran una bendición. Cuando llegó al hospital, Noely había fallecido. Entró a la habitación, sostuvo la mano de Noely y le dijo adiós. “Fue muy duro”, comentó. “Muy duro”.
Al principio no estaba seguro de si necesitaba alejarse del béisbol por un tiempo para hacer el duelo. Pero los Cubs lo creían necesario. Le dijeron que algunas cosas eran más importantes que el trabajo. Entonces regresó a casa.
“Pensé que tenía que ser fuerte por mi madre, y que tenía que mantenerla ocupada”, dice Báez. Puso su mejor cara de obstinación y les aseguró a todos que iban a superar esta situación juntos. Iban a estar bien. Por un mes, la familia habló de Noely, contaba historias sobre ella y miraba sus fotografías. Báez tenía tatuado su nombre en el antebrazo con una inscripción en español: Tus manos nunca hicieron daño. Tus pies nunca dieron un paso en falso.
No fue hasta que volvió a Iowa que comenzó realmente su duelo. “Dejo salir todo cuando estoy solo”, dice Báez. “Todavía lloro cuando pienso en ella, pero luego me doy cuenta de que es algo normal. Es algo que necesitas hacer, mostrar tus sentimientos”.
Canalizó su tristeza a través del béisbol. “En seguida estaba luciéndose con los lanzamientos en la liga menor. Quería volver a las grandes ligas, por sí mismo, por su madre y especialmente por Noely.

Jaview BaezWilfred Perez/Icon Sportswire

Era difícil ser paciente. En sus noches malas, lanzaba la pelota con tanta violencia y potencia que muchos de los bateadores terminaban con una rodilla en el suelo, con la potencia del joven humillada por otro lanzamiento así. Miraba videos de él mismo para intentar mantener el nivel de sus manos, pero era frustrante. Siempre lanzaba hacia un lado, como cuando su padre y su hermano le enseñaron por primera vez el juego. Difícil.
“Está trabajando en tratar de pegarle a una pelota por 400 pies en vez de 700” dice el entrenador de bateadores de los Iowa Cubs, Brian Harper.
Finalmente, parecía que iba a tener su oportunidad. El club de las grandes ligas tenías algunos juegos interligas próximos, y había una oportunidad para agregar su bate a la lista de bateadores designados.
Dos autoridades de los Chicago Cubs visitaron al equipo en Des Moines, y Báez sabía que lo iban a estar mirando desde cerca. “Sientes esa sensación que tienes cuando sabes que te van a ascender”, dice.
Un deslizamiento de cabeza a la segunda base el 7 de junio arruinó todo ese trabajo. Su dedo se quedó atorado en la bolsa cuando pasaba y el dolor era insoportable. Intentó seguir jugando, insistiendo con que estaba bien y que la hinchazón no era nada, pero el equipo técnico vio su mano (que era del tamaño de una pelota pequeña) y lo envió a hacerse unas radiografías. Un dedo roto significaba de cuatro a ocho semanas de rehabilitación.
Con los Cubs más fuertes por primera vez en mucho tiempo, él fue enviado a Arizona.
“Voy a ser honesto contigo, la rehabilitación realmente es lo peor”, dice Báez. “Estar en Arizona fue muy frustrante. “Soy del tipo de personas que necesita estar en movimiento. Necesito jugar todos los días. No podía hacer nada más que sentarme y mirar televisión”.
No le prestaba atención al club de grandes ligas cuando estaba afuera. No se quería obsesionar pensando en lo que podría haber sido, pero era difícil no autocompadecerse. A medida que le permitieron sacarse el yeso, empezó a batear pelotas desde la salida con una mano. Comenzó otra vez con lo básico: una buena postura, un espacio corto entre los pies, las manos bien levantadas y un contacto fuerte. En seguida, pudimos escuchar el golpe de la pelota en su bate otra vez. Cuando volvió a Iowa en Julio, Báez tuvo una racha de siete partidos con múltiples bateos en el que bateo 441.
“Sé que todo fue muy frustrante, pero debe haber sido lo mejor que le pudo haber pasado”, dice Pevey.
“Cuando volvió, su posición en la base era más corta y calma, y parecía que estaba haciendo correcciones de veterano que le permitían ser realmente exitoso en las grandes ligas”.
El 1 de septiembre, el próximo martes, los equipos podrán expandir sus listas a 40 jugadores, que es la próxima oportunidad posible para que Báez encuentre su lugar en la liga mayor desde que Noely murió. Pensó, brevemente, que esta era una temporada perdida. Ahora, es probable que regrese cuando los Cubs más lo necesitan.
Ha estado corriendo pelotas fuera del campo durante la práctica de bateo en Iowa, en caso que el equipo le quiera dar una oportunidad como lateral derecho o izquierdo. No era algo que le pidieron hacer. Simplemente a hacerlo un día por su cuenta. Nunca sabes, dice Báez, las oportunidades que te puede dar la vida.
“Ya va a llegar su momento”, dijo Maddon el lunes. “Está en el radar sin lugar a dudas”.
Báez todavía le habla a Noely cuando está solo sobre sus alegrías, sus plegarias, sus frustraciones y decepciones. Probablemente siempre lo hará. “Cada vez que escuchaba mi nombre y sabía que iba a entrar a batear, enloquecía”, dice Javier. “Sin importar cómo iba el partido, cuán mal o bien estaba jugando, siempre estaba allí para alentarme.
Eventualmente, batearía otro jonrón en las grandes ligas, y él sabe que lo hará. Señalará a su madre en las gradas y le agradecerá por su sacrificio. Luego, señalará al cielo y pensará en su hermana, imaginando que todavía puede escucharla gritar de alegría.


Publicado por Blogger para BEISBOL 007 el 8/28/2015 06:00:00 a. m.

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