Las mejores frases del béisbol

Las mejores frases del béisbol…que han hecho timbrar millones de oídos

Karina García nos lleva a un viaje por las ocurrencias de las estrellas de la pelota que a su manera han retratado oralmente para la posteridad pasajes del “Rey de los Deportes”.

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Por Karina García de Pelotapimienta,com

México.- “El beisbol es un deporte verdaderamente extraño”, sinceramente estoy acostumbrada a escuchar una variedad de adjetivos hacia el deporte que tanto me apasiona, he de confesar que, viviendo en una ciudad 100% futbolera, la mayoría de estos son negativos y se limitan a: largo, tedioso, complicado, vaya: aburrido; por eso el escuchar un adjetivo diferente y tan ambiguo como lo es “extraño” me llamó la atención, no por el significado de la palabra en sí, si no por el contexto. Cuando no contamos con las bases suficientes para dar un calificativo recurrimos a palabras que nos sirvan de maquillaje para cubrir los espacios de información.

Difícil expresar con palabras escritas la forma oral con la que fue dicha la frase, no se trataba de un reclamo, sino de una afirmación y un halago. A la cual respondí: el deporte no es extraño, extraño es el encanto que tiene. Si, lo acepto, mi respuesta parece sacada de un guion de una película rosa de Hollywood, pero fue esa misma respuesta la que dio paso a recordar una serie de frases épicas sobre el béisbol que han sido dichas por los protagonistas que han escrito su fascinante historia:

“Hay un solo juego y ese juego es el béisbol”, John McGraw, frase dicha por el manager ganador de tres series mundiales con los Gigantes de San Francisco, parecería 100% elitista, pero dicha por un manager como McGraw que se caracterizaba por su carácter fuerte y cero sentimental dentro y fuera del dugout nadie se atrevió a contradecirlo, al menos en su presencia.

“El público no abuchea a los Don nadie” , Reggie Jackson,”Mr. Octubre”, jugador con un swing privilegiado que conectó tres cuadrangulares en el sexto juego de la Serie Mundial de 1977. Miembro del Salón de la Fama del béisbol desde 1993.

“He llegado a la conclusión de que las dos cosas más importantes en la vida son: buenos amigos y un buen bullpen”. Bob Lemon, jugador de cuadro que obtuvo su verdadero brillo como lanzador, al superar la marca de veinte victorias o más durante nueve años.

“El béisbol es sólo un juego, si, y el Gran Cañón de Colorado es solo un hueco en medio de Arizona”. George F. Will, periodista, ganador del premio Pulitzer.

“El béisbol es como ir a misa, muchos asisten y pocos entienden”. Leo Durocher, campeón de la Serie Mundial en 1928 con los Yankees de Nueva York.

“Un beisbolista no tiene por qué gustarle el manager y tampoco tiene que respetarlo. Todo lo que tiene que hacer es obedecer las reglas”. Sparky Anderson, manager miembro del Salón de la Fama, campeón en tres ocasiones de la Serie Mundial, dos con los Rojos de Cincinnati y una con Tigres de Detroit.

“El béisbol no son estadísticas, el béisbol es Joe DiMaggio doblando por la segunda base”. Jimmy Breslin, periodista.

Jackie

“El béisbol es como el juego de póker, nadie quiere irse cuando está perdiendo y nadie quiere que te vayas cuando estás ganando”. Jackie Robinson, jugador que rompió con los paradigmas racistas del béisbol al convertirse en el primer afroamericano en ingresar a las Ligas Mayores.

“El béisbol es ballet sin música, drama sin palabras”. Ernie Harwell, legendaria voz de la crónica del béisbol.

“No me interesa cuanto tiempo he estado en el juego, nunca lo has visto todo”. Bill Veeck, promotor de béisbol, fue propietario de los Indios de Cleveland y Medias Blancas de Chicago.

“La diferencia entre un jugador nuevo y uno viejo está en el jersey, a los jóvenes les importa el nombre que tienen en la parte de atrás, mientras que los veteranos le dan mayor importancia al nombre que llevan por delante”. Steve Garvey, ex jugador de los Dodgers y Padres de San Diego, ganador del MVP en 1974, estableció el récord en la Liga Nacional de juegos consecutivos con 1,207.

“Esto no se acaba, hasta que se acaba”. Yogi Berra, el cátcher icono de los Yankees de Nueva York es el autor de una de las frases más recurridas y conocidas por fanáticos del béisbol.

“Existen tres cosas que pueden pasar en el béisbol: puedes ganar, puedes perder o puede llover”. Casey Stengel,”el viejo profesor” jugador y manager, recordado por su peculiar manera de contar historias. Su vida giraba en torno al béisbol y a su esposa.

“Hay tres clases de peloteros: aquellos que hacen que las cosas pasen, los que ven lo que pasa y los que se preguntan ¿Qué pasa?”. Tommy Lasorda, ex jugador que ha tenido una larga carrera en la gestión deportiva de las mayores.
La lista sería interminable, como interminable son las emociones que brinda el rey de los deportes, emociones que, como en la lucha libre, son sin límite de tiempo. El deporte rey que mezcla disciplinas inimaginables, donde una recta puede ser tan letal como el mejor jab de un boxeador, donde la velocidad con la que un brazo lanza una pelota es tan impactante como la velocidad que alcanzan los automóviles en la Formula 1, donde los “caballos” compiten entre ellos no sólo cargando a un hombre, sino a todo un equipo y afición, donde cada jugada se analiza como cada movimiento en un tablero de ajedrez. Un deporte donde en cada juego puedes ser espectador de un ciclo olímpico: el atletismo en cada robo de base, clavados perfectos en cada llegada a home, salto de altura al colgarse del cielo para atrapar una pelota e impedir que el rival llegue a la primera almohadilla o un extra base, tiro con arco utilizando como flecha una pelota lanzándola al centro de un guante y toda la elegancia de la gimnasia en cada turno al bat o al momento de presentar una pelota.

Así fue como una afirmación obtuvo una respuesta, esa respuesta hizo recordar frases memorables, esas frases tuvieron como resultado el reafirmar la supremacía del deporte rey y lo complejo de éste al lograr conjugar varias disciplinas y al final me quedo con la frase del gran Connie Mack, manager de los Atléticos de Filadelfia durante cincuenta años, “No importa de que esté hablando, siempre regreso al béisbol”.

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— Gustavo Hidalgo E (@Beisbol007) October 2, 2013

Alfonso «Chico» Carrasquel Con la V en el pecho

Fragmento) Alfonso «Chico» Carrasquel. Con la V en el pecho -

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En los años 50 los latinos éramos vistos y tratados como a los negros. Y hay que ver lo que eso significaba. Anteriormente hubo latinos que jugaron beisbol de Grandes Ligas. Recuerdo a Miguel Ángel González, un hombre rubio; el cubano Adolfo Luque, también rubio; un pelotero venezolano, el Látigo Hernández; mi tío Alejandro, que era un tipo blanco, alto, fuerte. Pero solamente el hecho de llevar el nombre Hernández, González, Carrasquel, nos marcaba como no blancos para el beisbol de Grandes Ligas. Podíamos jugar en esa categoría pero siempre nos rodeaba cierto rechazo que actuaba para los negros y para nosotros, no para los italianos ni para los judíos; al menos yo no lo percibí.

Eso lo viví muy profundamente no solo por la segregación de que yo era objeto por ser latino, sino por las humillaciones que debió soportar mi gran amigo y excelente pelotero Orestes Miñoso: cubano y negro. En el año 52, Paul Richards nos reunió para informarnos que el equipo había decidido integrar un pelotero negro… era Miñoso. Muchas veces, cuando viajábamos, el autobús se paraba en un restorán de carretera para que los peloteros bajáramos a comer. Pero Miñoso no podía hacerlo, tenía que quedarse en el autobús porque era negro. Entonces yo le preguntaba qué quería que le trajera, lo compraba y se lo traía al autobús donde comíamos los dos. En una ocasión le dije: fíjate en el lujo que te estás dando, no te dejan bajar de esta vaina porque eres negro y yo, un blanco, te tomo la orden, te traigo la comida y te sirvo. Y Miñoso me dijo: no comas mierda, viejo, que tú juegas en las dos ligas. Qué gran carajo. Es muy ocurrente. Miñoso se ufana de tener un miembro muy grande y los que han estado en un vestidor cuando él sale de la ducha saben que no le faltan razones. En la época del racismo más violento, Miñoso salía desnudo, se ponía su miembro hacia atrás, como una cola, y hacía la imitación de un mono. Era una broma pero a la vez un desafío, era como si dijera: soy un mono, ¿verdad?, miren al mono, aquí, en medio de todos ustedes, blancos de pipí chiquito.

Hemos sido muy, muy amigos. Él vive en Chicago y con mucha frecuencia nos reunimos para conversar, recordar todas estas cosas y nos reímos mucho. Hace poco hicimos, con las señoras, un crucero por el Caribe, seis días con sus noches en que no hicimos sino hablar de la gran época y morirnos de risa. Aunque hoy en día a Miñoso no le gusta mucho hablar de beisbol sino de sus novias. Le encanta eso y a veces peleamos, porque cuando yo empecé en las Grandes Ligas era un jovencito y Miñoso un hombre hecho y derecho; ahora resulta que yo soy mayor que él. Le encanta bailar, ha sido un gran admirador de Beny Moré y cuando viajábamos por tren —donde nos ponían en los últimos compartimientos dejando a los blancos delante— íbamos todo el tiempo conversando y escuchando al Beny.

Ahora uno habla así, con nostalgia de esos años, pero el racismo era duro. Y también el beisbol lo era. Esa era la época en que los contrarios se te tiraban encima para sacarte del juego. Como yo jugaba en la posición deshortstop, los corredores trataban de lastimarme para sacarme del campo. No por nada conservo las cicatrices de más de cien puntos que me cosieron en las piernas. Hoy me cortaban y me cogían dos puntos, mañana cuatro y así. Sin dejar de jugar nunca. Ni pelear fuera del terreno. Esta cicatriz que tengo aquí es un recuerdo de HankBauer, un jugador de los Yankees, que me hirió en el primer inning. Se me tiró en segunda, yo iba a hacer una jugada de doble play, él se me echó encima y me clavó losspikes aquí. Decidí no decirle nada al masajista para que no me sacaran del juego. Me puse de acuerdo con el segunda base: cuando este señor se embase nuevamente, le dije, si te batean por donde estás tú me la pasas rápido que yo se la voy a tirar a la cara. Pasó ese inning y el hombre no se embasaba. Vino el otro y nada. Se vino embasando como en el séptimo u octavo inning, ya para terminar el juego. Y efectivamente, cuando el segunda base me pasó la pelota a mí yo se la tiré a la cara, casi para pegarle, en realidad quería darle un susto. Cuando terminó el juego tuve que ir donde el masajista quien se asombró de que yo hubiera estado desde el primer inning con aquella herida. Vestido de pelotero me metieron en una ambulancia y con la sirena atronando recorrimos las calles de Chicago hasta llegar al hospital donde me sacaron el montón de tierra que tenía allí adentro y me hicieron catorce puntos.

Era un juego rudo, por donde se lo mirara. Yo recibí pelotazos… es muy curioso el cuerpo del hombre: uno recibe un pelotazo ahí, entre las piernas, y el dolor, espantoso, lo siente es aquí, en la garganta. Se tranca la respiración. En mi época había poca protección para el cuerpo del pelotero, nosotros no usábamos ni guantines para batear, ni casco para la cabeza. Uno se paraba en el home plate para batear los lanzamientos de un Bob Feller —uno de los pitchers con mayor velocidad en la historia del beisbol— con una simple gorra. No era broma. Muchos peloteros recibieron lesiones tan graves que debieron abandonar el beisbol. Pero sí, hay que acostumbrarse a verse venir una bola a cien millas por hora. Y uno no puede sentir miedo.

Dicen que la época más difícil del beisbol fue la del 50, año en que los peloteros comienzan a reincorporarse a la pelota después de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente de la Guerra de Corea. Tenían más estilo de hombres de guerra que de peloteros. Y los mejores eran, justamente, los veteranos que además eran vistos por los fanáticos como héroes. Allie Reynolds, por ejemplo, era un pitcher de los Yankees que cuando uno le iba a batear lo miraba con un odio. Más de una vez yo pedí tiempo para preguntar qué le pasaba a aquel hombre conmigo. Parecía estar a punto de iniciar una pelea feroz. Es el mismo caso de Early Winn o de Hank Bauer. Había uno, Ferris Fain, que peleaba hasta con sus propios compañeros. Todos ellos eran veteranos en trance de reintegrarse a la vida civil y al beisbol. Ted Williams había sido oficial de la Aviación, inclusive le habían tumbado el avión que piloteaba y había estado a punto de morir en plena guerra. Otro, llamado Mickey Grasso, catcher de los Senadores de Washington, era un hombre que cada vez que cobraba, cambiaba el cheque y se lo invertía íntegro en él mismo, en ropa, perfumes, zapatos… decía que había escapado de un campo de concentración alemán y que cada momento de vida era un extra que debía pasárselo lo mejor posible. Lo escuché decir que él había estado muerto, que sabía lo que era la muerte y estaba decidido a vivir para él en lo sucesivo. Cuando viajábamos en tren, muchos de ellos se ponían a hablar de sus experiencias en la guerra. Mike García, un pitcher de los Indios de Cleveland, de ascendencia mexicana, hablaba conmigo en español y me contaba que él pertenecía a un comando que tenía que desembarcar en las playas ocupadas por los japoneses. Explotaba una mina que mataba al que iba delante y el siguiente debía avanzar para marcar la ruta por donde podía desembarcar la Marina. Su trabajo consistía en pisar terrenos minados y recoger los cuerpos destrozados de sus compañeros muertos. Estaba también el primera base de los Indios de Cleveland, Bic Wertz, completamente calvo. Era joven pero no tenía un pelo en la cabeza. Como teníamos cierta confianza, un día le pregunté qué había pasado con su pelo. Me contó que lo había dejado en los pantanos donde se había sumergido durante la guerra. Uno salía del pantano, me dijo, y el fango se quedaba en el casco, en la cabeza, justo en la raíz del pelo. No era fácil para nosotros, los latinos, convivir con ellos que no nos querían mucho y que además tenían ese carácter endemoniado. Una noche, en un tren, estaba conversando con Beto Ávila (quien es muy orgulloso de su origen, como todos los mexicanos) y cerca había un grupo de peloteros norteamericanos que estaban tomando cervezas. Cuando pasaron al lado de nosotros, uno de ellos comentó que nosotros debíamos agradecer al cielo que en los Estados Unidos se jugara beisbol porque de lo contrario estaríamos en las carreteras de México gritando: Maracas, cinco centavos; maracas, cinco centavos. Yo me lo tomé a chiste pero Beto quedó mascullando insultos contra los gringos.

Era una época difícil. No hay duda de eso. Los pitchers americanos veían en los bateadores a un japonés o a un alemán. Cuando uno iba a hacer undoble play, ellos trataban de herirlo y sacarlo del juego. Con frecuencia mostraban una violencia desmedida. Si perdían un juego, los pitchersrompían las sillas, los espejos de los vestidores. Había un pitcher muy famoso de esa época, se llamaba Hal Newhouser, que tenía fracturados todos los dedos de los pies. Si lo sacaban del juego al segundo o tercerinning, la emprendía a patadas con todo lo que encontrara. Cuando sacaban a Early Winn, pitcher de los Indios de Cleveland y luego de los Medias Blancas de Chicago, los cuidadores de cuarto salían corriendo al vestuario a sacar todo lo que pudieran porque él llegaba como loco partiendo sillas y dándole cabezazos a la pared. Como todos —o casi todos— eran veteranos de guerra, era muy común ver al final del juego a alguien tirando algo o golpeándose con la pared. Si alguno no había dadohit o había cometido un error, eso bastaba para generar violencia.

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El beisbol que yo jugué precisaba mucha, pero mucha habilidad, concentración, dedicación y un gran deseo de superación. Era un deporte personal, aunque lo es de conjunto porque son nueve hombres —hoy en día diez, con el bateador designado—, pero si uno era shortstop, como lo era yo, tenía que tener mucha habilidad de colocación para hacer una jugada a la defensiva, como las de doble play. Hay que tener buen brazo y la cabeza llena de beisbol. Un buen shortstop tiene que tener mucha rapidez mental, es una de las posiciones claves de la defensiva en el beisbol. Debe saberse mover, seguir los lanzamientos del pitcher, el swingdel bateador. Por ejemplo, mucha gente piensa que después de la operación que le hicieron, Oswaldo Guillén terminó como pelotero; la verdad es que hoy en día él es mejor shortstop que antes porque ahora tiene experiencia, está a la defensiva, sabe colocarse, sabe cómo jugarles a los bateadores. Por tener yo esas condiciones fue que me colocaron el remoquete de Fantasma de la calle 35. El estadio de los Medias Blancas, el Comiskey Park, está en la calle 35 —sigue estando porque el nuevo lo construyeron frente al antiguo. Como yo tenía buena colocación y hacía esas jugadas que hacían pensar que aparecía de la nada, por todas partes, los periodistas empezaron a llamarme el Fantasma. Todavía hay fanáticos que me llaman por ese nombre o por el otro: the Venezuelan cat, el gato de Venezuela, por mis movimientos. En el beisbol la acción está donde está la pelota y uno tiene que saltar para buscarla, no esperar que ella te llegue, sino perseguirla por los aires si es necesario, como un gato. Las mujeres decían que yo tenía la gracia de una pantera. Y los hombres, los fanáticos, los periodistas, los expertos, sabían que yo tenía buen brazo y dominaba mi arte.

Eso es como el que sabe jugar dominó: un experto en dominó sabe quién tiene cuál piedra, sabe lo suyo y sabe lo de los demás, sabe todo lo que ocurre sobre la mesa. Así es el beisbol y yo aprendí a jugar beisbol. En Grandes Ligas se dice que hay dos clases de shortstop: el de 1 a 0, y el de 15 a 0. Este último es el que hace todas las jugadas pero cuando está 1 a 0 se asusta, no las hace. Y el buen shortstop es el que hace la jugada de 1 a 0 que protege esa carrera, protege la defensiva y hace todas las jugadas claves del juego. La prensa especializada me consideró un «shortstopinteligente», un shortstop de 1 a 0, por mi habilidad para hacer los doble plays para superar los problemas, lo que me satisface enormemente porque contraría la idea generalizada de que un pelotero es una fuerza de la naturaleza sin mayores luces. Yo acostumbraba analizar cuatro jugadas antes de que el bateador conectara la pelota: siempre preveía la jugada hacia adelante; la jugada hacia los lados, derecha e izquierda; y la jugada hacia atrás. Eran cuatro posibilidades que tenía ya consideradas en mi mente para que cuando el bateador conectara por cualquier lado, yo supiera qué iba a hacer con la pelota. Mi juego era intensamente cerebral. Había bateadores que tenían fuerza pero no corrían bien, en ese caso yo le jugaba atrás y le daba toda la parte de adelante. A los rápidos les jugaba adentro porque atrás no les podía hacer out. Antes de los juegos me ponía a ver las prácticas de los peloteros contrarios: para dónde bateaban más, hacia qué lado, cuáles eran sus habilidades. Las principales lecciones para hacerme buen shortstop, para afinar mi colocación, las adquirí en las prácticas del contrario. Si en una práctica le daban ocho swings a un bateador y seis de ellas las bateaba al rightfield, en el juego yo le jugaba más hacia ese field que hacia el izquierdo. Un buen shortstop tiene tres etapas, yo las viví: en la primera, cuando uno está en plenitud de condiciones, le dan un batazo entre tercera y short y uno le llega de frente; casi detrás de la tercera base, lanza de frente y hace el out. En la segunda, ese mismo batazo y uno le llega a la pelota con el guante de lado (ya no se fildea de frente). En la última, el mismo batazo (que antes has fildeado de frente y lado) ahora la vas a buscar pero no alcanzas la pelota, ésta sigue de hit y tu tienes que ir hasta la segunda base a esperar el tiro del leftfieldporque no atrapaste la pelota. Lo grave es que la experiencia que se ha ganado no compensa la falta de poder físico porque uno puede conservar la habilidad de colocación para las jugadas de rutina, pero para dar ese paso extra ya el cuerpo no responde. (Una vez fui a ver al Morocho Hernández, ya en sus últimas peleas, y lo vi llevando muchos golpes del contrario. Pregunté por qué estaba sucediendo eso y me explicaron que él se dejaba pegar para buscar el mejor momento de responder. A quién le va a gustar que le peguen, pensé. Por qué no le pegaban al comienzo de su carrera. Comparé con mi propia experiencia y concluí que ya el Morocho estaba en la tercera etapa de un shortstop). Cuando eso sucede, uno tiene conciencia de que debe buscarse otra posición si es que quiere seguir en el beisbol. Muchos terminan jugando primera base y cuando llegan allí ya a un lado tienen la tribuna… la próxima etapa. Cuando me pasó a mí, opté por retirarme de la posición. No quería dar la cómica ante un público al que me había entregado con la pasión con que lo había hecho y frente al cual mantenía un orgullo a prueba de todo. Qué va. Yo sabía que eso me iba a ocurrir, estaba preparado. Y no me deprimí. Cuando me vi saliéndoles a los batazos y a no llegarles a las jugadas que antes hacía de frente, me dije: bueno, Alfonso, te tienes que ir para primera. Sin amarguras. Tenía que conservar el nombre del Chico Carrasquel. Y así lo hice.

Hoy en día, ya retirado, suelo encontrarme con fanáticos que me dicen: Chico, tu fuiste un buen jugador de beisbol. No me dicen que fui un buenshortstop, ni un buen bateador, sino un buen jugador de beisbol, lo que implica que fui bueno integralmente. Y eso me agrada porque hace un reconocimiento a la habilidad integral que es preciso tener para jugar correctamente este gran deporte: hay que conocer a fondo la estrategia, conocerse a sí mismo, analizar el propio desempeño, conocer a los compañeros de equipo y a los del contrario. Hay que saberse hasta el último detalle del propio picheo, de la defensa, de los outfielders, de los infielders y también analizar la ofensiva. Saber quién es el manager contrario, cuál es su habilidad para mover sus piezas y cuál es la propia para vencerlo. Creo que desde que nací… desde que estaba en el vientre de mi madre… ya estaba jugando beisbol.

He sido jugador, entrenador, manager, coach, scout, comentarista, de todo. El beisbol ha significado para mí todo, todo. En él me he desarrollado como ser humano porque el beisbol te inculca una responsabilidad: tienes práctica a tal hora, un juego a tal hora, tienes que mantener unas condiciones físicas, bien el brazo, las piernas, la mente… todo. En el terreno se piensa en beisbol y todo el cuerpo está puesto para el beisbol, allí no se piensa en más nada. No se piensa en mujeres… por ejemplo.

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En el terreno los peloteros se ven muy bonitos, como héroes. Pero otra cosa es en los vestidores. Eramos veinticinco o treinta hombres que andaban por ahí, desnudos. Sobre todo cuando teníamos juego, que debíamos bañarnos juntos. Ahí lo más normal es que cada quien hable de sus habilidades… las de fuera del campo, quiero decir. Hablaban de lo que iban a hacer después del juego, de con quién iban a salir. Yo tuve fama de mujeriego y la verdad es que he sido un gran admirador de las mujeres. Ha habido quién me pregunte qué me gusta más, el beisbol o las mujeres. Y me ha sido difícil escoger. Por lo menos puedo decir con toda seguridad que me gusta más una mujer que comer, eso sí. A veces he visto una mujer que me ha gustado tanto que he perdido la noción de lo que estoy haciendo para dedicarle todo mi pensamiento a ella. He tenido la oportunidad de compartir con mujeres bonitas, feas, blancas, negras, japonesas, alemanas. Eso ha formado parte de mi vida, incluso cuando estuve casado. Sé que puede sonar muy machista, pero es la verdad. Yo disfruto a las mujeres, disfruto hablar con una mujer, comer con una mujer. A la persona con quien estoy casado actualmente (mi segundo matrimonio), la conocí en mis años de joven en Chicago. En el año 60 me fui a Venezuela, allí tuve otras relaciones y otros hijos… no hablemos de cuántos, digamos que son varios… los he ayudado con su vivienda, con sus estudios, no son peloteros, pero algunos son profesionales, incluso uno de ellos es oficial de la Armada, y todos llevan mi apellido. Yo tuve una novia que pertenecía a una familia de la alta sociedad de Caracas y todo era, tú sabes, chofer uniformado, vestidos bonitos, tardes en el club… y un día ella me invitó a cenar en la casa de un familiar que vivía en el Country Club. Me preparé, me puse mi traje, llegué a la casa, mucho gusto, apretones de manos. Nos sentamos a la mesa y veo como seis cubiertos de un lado y seis del otro. Ella quedó sentada frente a mí y cuando me sirvieron el pescado, le pedí al mesonero un poquito de salsa de tomate; esa mujer empezó a abrirme los ojos y a pegarme patadas por debajo de la mesa. Qué es lo que pasa, le dije y me levanté. Ella miró a todos con sonrisitas y se levantó también. Cómo le vas a poner salsa de tomate al pescado, me dijo apretando los dientes. No regresé a la mesa. Me fui y el noviazgo se terminó por un poquito de salsa de tomate. Todavía me acuerdo del mesonero conteniendo la risa y tratando de mirar para otro lado. Les tengo terror a los problemas de pareja. A veces me ha pasado, con una muchacha, que todo comienza muy bien, mucho cariño, mucho amor, pero después, cuando empiezan los reproches… ya no puedo, me espanto. Lo de la aeromoza es verdad, ¿quién te lo dijo?, algún periodista chismoso… ella me llamaba desde Caracas y me decía sus rutas y ahí nos encontrábamos, en Nueva York, en Boston, en Chicago. Una vez fui en mi carro a buscarla a su casa, en Caracas, y cerca de donde ella vivía había una estación de servicio. Me paré a poner gasolina y en ese momento pasó a mi lado un carro conducido por una muchacha. Ella se me quedó mirando y yo empecé a hacerle señas. Cuando me di cuenta de que mi amiga me estaba viendo desde su casa, me puse a hacer la payasada de que estaba practicando para hacerle señas a los bateadores. Nunca me creyó, las mujeres nunca me han creído lo que yo he dicho.

Mi primera esposa, Marcela, es de Naiguatá —con ella tuve seis hijos—; yo siempre le decía: si tú hubieras sido pelotero, hubieras sido tremendo primer bate porque qué vista tienes. Yo salía, me iba a bailar a algún sitio, y cuando dejaba a mi pareja en su casa, le pedía a algún amigo que me revisara por todas partes. En todas las estaciones de servicio me paraba: mírame bien por aquí, ¿no se me ve nada? Nada, chico, tranquilo, me decían los tipos. ¿Pero no tengo pintura, ni nada de nada? Nada, vale, tranquilo. Y cuando llegaba a la casa, prácticamente a oscuras, mi mujer me miraba y me decía: mira, gran carajo, estás pintado aquí y aquí. Como mi única obsesión en la vida era el beisbol, fui poco bailarín y casi nada sabía de las orquestas, de los cantantes, de ese mundo. Pero ahora me analizo y observo que cuando bailaba bolero me hacía cosquillas a mí mismo. ¿Cómo lo haría?, me pregunto. Es que bailaba tan pegado que me hacía cosquillas yo mismo. Qué bandido, verdad. Yo tenía un sistema para bailar: agarraba la mano de la muchacha y echaba hacia atrás su brazo para que sacara el pecho y yo sentirlo aquí, en el mío. Yo trabajé lavando vasos en el Roof Garden, en la esquina de Gradillas, tenía ocho o nueve años. Desde el lavaplatos veía a la gente bailando, las mujeres con aquellos trajes, las joyas, los hombres abrazando a sus parejas y yo me decía: algún día voy a estar de aquel lado. Pasaron los años y un día fui al Roof Garden. Entré con mi traje y me quedé mirando a los muchachos que lavaban los vasos. Y pensar que yo estuve de aquel lado, pensé, pero ahora estoy de este, con mi buen traje y bailando con mi pareja. Ya no lavaba vasos.

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SOLO 20 BATeADORES D E 400 EN 142 AÑOS DE LAS MAYORES

Juan Vené en la pelota

Miguel Cabrera

“Divorciarse es cambiar de, en vez de pelear con”... La Pimpi.-

¡Hasta poniédole la bola a uno de bombita, es difícil batear para 400 de promedio o más!.

Este año, a menos que Andrew McCutchen (Piratas) haga un milagro para subirle seis puntos a sus 341, el campeón de bateo será el suspendido Melky Cabrera (Gigantes) con 346, le faltaron 54 milésimas para los 400.

Las dificultades son tan grandes para batear 400, que en los comienzos del beisbol, el pitcheo no era nada efectivo, y sin embargo, se necesitaron seis años de Grandes Ligas, hasta 1876 (cinco de la National Association y el primero de la Nacional) para que surgiera el primero con la marca, Ross Barnes, de los Chicago White Stockings, 429.

Desde entonces, en los 142 años que van a Grandes Ligas, solamente 20 bigleaguers batearon para 400 ó más en una temporada. Y la hazaña se ha cumplido en 27 oportunidades porque tres de ellos la consigueron tres veces cada uno, y otro en dos campañas.

Después de los 406 de Ted Williams (Medias Rojas) en 1941, quien ha estado más cerca ha sido Tony Gwynn (Padres), 394 en 1994, con cuyos números es el 42 en la lista de los mejores promedios de todos los tiempos.

El líder de los cuatrocientones es Hugh Duffy (Comedores de Frijoles de Boston), quien conectó para 440 en 1894.

Y nadie ha bateado para 400 exactos. Lo más bajo en ese grupo ha sido 401 cuatro veces, por Hughie Jennings (Orioles) 1896, Ty Cobb (Tigres) 1922, Rogers Hornsby (Carmelitas) 1922, y Bill Terry (Gigantes) 1930.

Cobb terminó otros dos años sobre 400, en 1911 (420) y 1912 (409). Y también Hornsby, en 1924 (424) y en 1925 (403).

Cuando Williams dejó sus 406 en 1941, los Medias Rojas terminaron la temporada con un doble juego, en los cuales él bateó seis hits en ocho turnos. Le siguieron en promedio ese año, Cecil Travis (Senadores), 359, Joe DiMaggio (Yankees) 357 y Jeff Health (Indios) 340.

Hace 61 años de aquellos 406. Pero Ted los consiguió cuando hacía solo 10 años del último sobre 400, Bill Terry (Gigantes) en 1931.

Y el frustrado mayor de la historia es Adrian (Cap) Anson (Chicago White Stocking), quien nunca bateó para 400. Pero en 1881, terminó con 399.

RETAZOS…: ** El sueldo de Ted Williams en 1941 fue de 18 mil dólares. Por su hazaña de ese año, el proietario del equipo, Tom Yowkey se lo aumento para 1942 a cerca del doble, 35 mil dólares… ** EN SU CARRERA, de 19 temporadas, hasta 1960, recibió Ted en total por sus servicios, un millón 458 mil 500 dólares, lo que ahora cobran docenas de bigleaguers por una semana… ** WILLIAMS, quien celebró sus 23 el 30 de agosto de ese año ‘41, bateaba en junio para 438, y en aosto para 414… ** TAMBIÉN en 1941, Joe DiMaggio conectó de hit en 56 juegos consecutivos, durante los cuales tuvo promedio de 408. En el mismo período, William lo sobrepasó, con 412… ¡Qué bien, muchachos, qué bien!…

Gracias a la vida que me ha dado tánto, incluso un lector como tú.

Jbeisbol5@aol.com

Manny Trillo repasa las anécdotas de su carrera: “Fui segunda base por una coca cola”

El legendario camarero no se imagina una vida fuera del diamante. Es coach de las Águilas, pero creció como magallanero y nació al beisbol profesional con los Leones. Por fin, dice, es tiempo de contar su historia sobre el cambio que le llevó al Zulia, dice, y se ríe de quienes le llaman antipático.

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Transcurridos 30 minutos después del último out de la Serie Mundial de 2005, no había rostro más iluminado ni emoción más profunda en el clubhouse de los Medias Blancas de Chicago que la cara sonreída y la felicidad absoluta de Manny Trillo.

El monaguense cumplirá 63 años de nacido el 25 de diciembre y no se imagina en otro sitio que no sea un campo de beisbol. Fue el mejor camarero defensivo de la Liga Nacional, hace más de tres décadas, Jugador Más Valioso en una Serie de Campeonato y el primer Bate de Plata en la historia de su posición.

Que nadie se sorprenda. Desde niño sabía que era esto lo que quería hacer.

-¿Cuál es su primer recuerdo en el beisbol?

-Sería cuando tenía seis o siete años. Jugaba shortstop, el catcher se lesionó y el manager me mandó a quechar. Estuve llorando casi todo el juego.

-¿Recuerda la primera vez que entró al estadio Universitario?
-Tendría 14 años de edad. Me vine con mi profesor desde Miraflores, en Quiriquire, por carretera, 10 horas para llegar y disfrutar un juego del beisbol profesional. Luego, cuando tenía 16 años, Oakland y Minnesota jugaron una exhibición y me invitaron a un try-out. Pisar el terreno era lo que cualquier muchacho anhelaba.

-¿En qué momento se dio cuenta de que el beisbol sería su carrera y su vida?

-A los 14 estaba decidido a ser pelotero. Me quedaba todo el día en clase de deporte. A mi mamá le pasaban la tarjeta de inasistencia, porque no entraba a las otras clases. “Pero mamá”, le decía yo, “si siempre voy a clases. A clases de deporte”. “¿Y las otras clases?”, me preguntaba ella. “No, mamá, esas no sirven”. Mis padres nunca me prohibieron ser pelotero. Quería serlo, y pelotero fui.

-Después de llorar la primera vez, terminó siendo receptor…

-Firmé como catcher. Pero un día, en rookie, me puse a apostar una coca cola con Ulises Urrieta en la práctica,a ver quién tomaba más rollings en el shortstop. Le gané. Yo fui segunda base por una coca cola. Porque cuando me vieron tomando rollings, me cambiaron de posición. Años después, Pepita Muñoz me hizo la misma apuesta. Todavía me debe cinco botellas de whisky. En triple A, con Oakland, nos íbamos siempre temprano al estadio con Gonzalo Márquez, para tomar rollings. Pero todo fue natural: lanzar por debajo del brazo, la forma de hacer dobleplays…

-¿También fue natural mirar la pelota casi siempre, antes de tirarla a primera?

-Había peloteros que me decían: “Suelta esa pelota rápido”. Por eso, me tomaba mi tiempo y miraba la pelota (ríe). Había quien decía que yo era antipatico. Pero no era antipático. Quizás me veían serio. Es que me gustaba hacer bien mis cosas.

-¿Dónde fue más feliz? ¿En Chicago, al consolidarse como titular? ¿En Filadelfia, ya premiado? ¿En Cleveland?

-La mayor alegría fue la primera vez que me puse un uniforme. Esa es la meta de todo pelotero. En Filadelfia lo disfruté más, porque había peloteros con mucha experiencia, como Pete Rose, Larry Bowa, Mike Schmidt. En Chicago fueron los primeros años. A veces el coach tenía que explicarnos las cosas. En Filadelfia ya era mejor pelotero.

-¿Y quién era mejor llave? ¿Iván De Jesús o Larry Bowa?

-Creo que De Jesús. Siempre tuve muy buena comunicación con él. Aún la tengo.

-¿Qué es lo más extraño que le ha pasado en un campo de juego?

-Una vez, jugando en segunda, con dos outs, me tiraron la pelota, pisé y tiré a primera. Les dije que me debían un out, que por eso saqué cuatro (ríe).

-¿Cuál es su mejor recuerdo con el uniforme del Caracas?

-Aquel Juego de la Chinita en que bateé de 4-4, con dos jonrones. Eso fue muy grande. Pero también lo fue jugar con César Tovar, Gonzalo Márquez, Vitico Davalillo.

-¿Y con el uniforme del Zulia?

-Haber ganado una Serie del Caribe. Y conocer a Rubén Amaro, que fue como un padre para mí, dentro y fuera del beisbol. Eso también.

-¿Fue muy difícil asumir que era la hora del retiro?

-No. Yo siempre he asumido las cosascomo llegan. A lo mejor pude jugar dos o tres años más en Venezuela, pero uno tiene que saber decir: está bueno. Quise seguir como coach, porque puedo pagar todo lo que alguien me enseñó, pagar mis años en las grandes ligas, enseñándole a alguien más todo lo que aprendí. Mientras pueda caminar y tirar una pelota, estaré en el beisbol. Digo yo (ríe).

-¿Es posible sentirse abrumado por el escenario en un primer juego de la Serie Mundial?

-No. Porque para llegar allí ya uno ha jugado muchos encuentros. La presión se la pone uno mismo. Cada vez que yo cometí un error en el primer inning, me decía: cóntrale, y todavía faltan ocho innings más, imagínate.

-Pero si casi no cometió errores en su carrera…

-Ahí era cuando me decía: denme por aquí, para ver si es verdad, para ver si soy malo, o qué. La presión se la pone uno mismo.

-¿Fue doloroso que el Caracas lo cambiara de equipo?

-Sí, me dolió. Chicago me prohibía jugar en Venezuela, pero yo quería jugar en mi país. Eso no se puede prohibir. Entonces, venía de jugar una Serie Mundial con Filadelfia y se dijeron muchas cosas: que yo quería jugar en Maracaibo, que mi esposa de entonces era de allá. Muchas veces la verdad no se sabe y el culpable es uno. No señor. Yo pedí que me pagaran lo justo. Yo sabía lo que le pagaban a los importados y no me iban a pagar menos a mí, que era un grandeliga. La liga nombró como árbitro a Chiquitín Ettedgui y él nunca dijo nada, no opinó. Ahora es cuando estoy contando la verdad. Nunca dijo cuál era el salario justo que debería aceptar. Le pregunté: “¿Entonces, señor Ettedgui?”. No dijo nada. Ahí me paré de la mesa y dije: “Como no llegamos a ningún acuerdo, hagan lo que ustedes quieran. Me pueden cambiar al Magallanes, porque soy fanático del Magallanes. Quiero mucho al Zulia. Le doy gracias al Caracas, pero quiero jugar. Si no llegamos a un acuerdo, me cambian”. Esa fue la verdad, que nunca salió al público. Uno viene a jugar al Universitario y lo pitan. ¿Por qué? Si aquí uno no se va, a uno lo van. Uno no se cambia, a uno lo cambian.

-¿Cuál fue el episodio más duro de afrontar en el beisbol?

-Estar en una final y no ser campeón. Eso duele mucho.

-¿Dónde guarda los guantes de oro y los bates de plata?

-Eso está en un cuarto. Para que lo vean las visitas.

-¿Qué tiene de zuliano, después de tantos años en Maracaibo?

-Muchas amistades. Algunos creen que soy maracucho, por mi forma de hablar. Pero no se me ha pegado nada.

-Si volviera a nacer, ¿qué le gustaría ser?

-Pelotero. Una vez quise ser actor. Hasta hice una película con Joselo. Pero ese no soy yo. Yo volvería a jugar pelota.

Los datos:
Manny Trillo formó parte de la generación que vio surgir a Antonio Armas y Baudilio Díaz en el Caracas. Asistió a cuatro juegos de estrellas en las mayores, a donde llegó en 1973, con los Atléticos. Fue tercero en la votación al Novato del Año de la Liga Americana en 1974, ganó dos bates de plata y tres guantes de oro

IGNACIO SERRANO

Victor Davalillo : Primer venezolano en batear 300 de ave. en Grandes Ligas

Victor (Vitico) Davalillo- un zurdo nacido en Cabimas,Estado Zulia,el 31 de julio de 1939-se convirtió en el primer venezolano que bateo por encima de los codiciados 300 puntos (301 en 1965) en la Liga Americana,cuando jugo para los Indios de Cleveland.

Partidario de la utilizacion de bates enormes,a pesar de su corta estatura,Davalillo debuto el 9 de abril de 1963 con los Indios. Su trayectoria de dieciséis años en la Gran Carpa lo llevo a través de los Angelinos de California,Cardenales de San Luis,Piratas de Pittsburgh,Atleticos de Oakland y Dodgers de los Angeles,con quienes actuó en cuatro series mundiales.

Convertido en Venezuela,junto a Cesar Tovar, en símbolo del combativo equipo Leones del Caracas este pelotero,dotado de carácter pintoresco y avasallante simpatía,estuvo en Grandes Ligas hasta los 40 años y ya cercano a los 50 bateo en Venezuela su hit numero 1500. Conecto su primer hit en el béisbol mayor el 1ero de abril de 1963.

Davalillo se acredito el Guante de Oro como mejor centerfielder defensivo de la Liga Americana en 1964,y en 1970 lideró la Liga con mas turnos al bate (73) y hits (24) para un bateador emergente. Intervino en el juego de las Estrellas de 1965 e impuso record de Grandes Ligas con mas apariciones (cuatro en total) en un play-of como toletero emergente.

Una de las peculiaridades de Vitico radica en la habilidad que demostró como pitcher y la sagacidad con que transformo en hits los,en apariencia,inocentes toques de bola.

Los mejores periodistas especializados en béisbol coinciden en afirmar que Vitico Davalillo ha sido el mejor bateador de nuestra pelota profesional. Su habilidad con el bate fue tan extraordinaria que triunfo en todos los sitios donde actuó como profesional,incluyendo las Grandes Ligas.

En la Gran Carpa bateo dos veces sobre trescientos puntos y en Venezuela estableció numerosos records, entre ellos el haber ganado cuatro títulos de bateo. En la temporada 62-63 logro marca de 400,repitiendo en la 63-64 con un promedio de 351. Dos años mas tarde,en la temporada 65-66,bateo para un average de 395 y en la 1970-71 se impuso con un promedio de 379.

Ha sido,sin duda, uno de los mejores jugadores venezolanos de todos los tiempos.

Source: Seamheads.com (http://s.tt/12IVJ)

Victor (Vitico) Davalillo

La tragedia del pelotazo en la cara de Tony Conigliaro vista segundo a segundo a través de los ojos del afectado.

Tony Conigliaro, Jack Zanger.

“Esta historia comienza el 18 de agosto de 1967. Ese fue el día cuando una pelota me golpeó en la cabeza y casi terminó con mi carrera como pelotero para no decir con mi vida. Un par de pulgadas más arriba y me hubieran matado. Jugábamos un partido nocturno ante los Angelinos de California y Fenway Park estaba repleto como lo estuvo en casi todos nuestros juegos como home club esa temporada, cuando Boston luchó por el banderín todo el tiempo. Antes de salir a batear en el cuarto inning alguién lanzó un petardo. Una nube de humo negro cubrió el terreno y el juego se demoró por 10 minutos. No soy muy supersticioso, por lo que no pensé mucho en eso. Pero desde entonces he pensado mucho en eso.


Jack Hamilton lanzaba por los Angelinos. Era un pitcher que lanzaba muy duro, quién frecuentemente era acusado de lanzar la bola de saliva, bolas engrasadas o como se les quiera llamar. El punto es que la pelota rompió de una manera curiosa, como ningún pitcheo está supuesto a romper. En mi primer turno bateé un sencillo ante una curva, está vez esperaba que me lanzaran recta dura en el medio. Antes de que me hiciera el primer pitcheo me pregunté si el retraso le habría endurecido el brazo. Fue el último pensamiento que tuve antes que me golpeara.
La bola llegó silbando justo hacia mi barbilla. Normalmente el bateador echa la cabeza hacia atrás una fracción de segundo antes y la pelota pasa sin consecuencias. Pero este lanzamiento parecía seguirme. Sé que no me quedé petrificado, hice un movimiento para apartarme. De hecho eché mi cabeza hacia atrás con tanta fuerza que mi casco salió disparado de mi cabeza antes del impacto.
Nunca vas a batear pensando que te van a golpear, luego en una fracción de segundo sabes que eso ocurrirá. Cuando la bola estaba a metro y medio de mi cabeza sabía que me golpearía. Y sabía que me dolería porque Hamilton lanzaba muy duro. Estaba asustado. Me llevé las manos a la cara y vi la pelota seguirme hasta estrellarse en el lado izquierdo de la cabeza. Tan pronto como me impactó sentí como si me hubiera atravesado el cráneo, mis piernas se doblaron y caí como un saco de papas. Antes de que todo se pusiera negro ví la pelota rebotar sobre el plato. Fue lo último que vi por varios días.
Nunca estuve inconsciente pero deseo haberlo estado. Rodé sobre el piso tratando de detener el dolor en mi cabeza con mis manos. El impacto de la pelota me hizo cerrar los ojos y sentí un atragantamiento en la boca. No podía ver. Recuerdo haber pensado. ‘Estoy ciego. No puedo ver’. Luego oí la voz de Rico Petrocelli decir. “Tranquilo Tony. Todo va a estar bien”. Rico era el próximo bateador, fue la primera persona que llegó a mi lado.
El atragantamiento era tan grande en la boca que sentía miedo de si podía seguir respirando. Mi boca se llenaba rápidamente de fluídos, pensaba que era sangre, pero no era así. Tenía sólo un pequeño orificio por donde respirar, entonces este pensamiento empezó a punzar en mi cabeza: ‘Suponte que este orificio se cierre. No podré respirar más’. Pensé ‘Ay Dios mío, si esto se cierra estoy ido. Ahí le pedí a Dios que me mantuviera con vida. Ahí supe que si Él quería podía llevarme. Fue como un encuentro entre Dios y yo, tenía miedo de morir ahí en ese momento.

Si había algún ruido de las tribunas el dolor lo bloqueaba. Sólo había un gran silbido ensordecedor dentro de mi cabeza. No podía ver. No podía resistir el dolor y no podía hacer nada al respecto. Recordé que mi familia estaba en el estadio, mis padres y mis dos hermanos, Billy y Richie. No quería que se preocuparan, pero sabía que lo harían por lo que habían visto. Sabía que todo lucía horrible conmigo yaciendo sobre el terreno. Luego, algunos de mis compañeros de equipo me dijeron que pensaban que yo estaba muerto. “Tu ojo parecía destrozado”, me dijo Rico. “Me enfermé de sólo verlo”.
Pude escuchar la voz de Buddy LeRoux decirme que me quedará sobre el terreno hasta que llegara la camilla. Buddy es el masajista del equipo y siempre he tenido confianza con él. Luego de esperar lo que pareció un año, sentí que me levantaban hacia una camilla. Fui trasladado desde el terreno hasta el clubhouse. Me pasaron hacia una de las mesas de masajes. Buddy puso una bolsa de hielo sobre la zona golpeada de mi cabeza. ‘Buddy, este dolor me está matando”, le dije. “Dame algo”. Dolía mucho, casi no podía hablar.
“No puedo Tony”, me dijo. “Relájate. El Doctor Tierney está aquí”.
El médico de los Medias Rojas, Dr. Thomas. M. Tierney, había estado en las tribunas. Cuando vio que me llevaron fuera del campo, bajó a la carrera y esperaba por mí en el clubhouse. Había sido un amigo cercano a la familia por años, saberlo cerca me hacía sentir un poco mejor. Pero cuando no me dijo nada y actuó como un Doctor, me preocupé sobre mi condición otra vez. Lo que hizo mientras esperaba la ambulancia, aunque no lo supe al momento, fue revisarme la presión sanguínea y los reflejos”.
Esa temporada Tony Conigliaro no pudo jugar más. Vio desde la televisión como sus Medias Rojas ganaban el banderín de la Liga Americana. Estuvo en la presentación del equipo para la Serie Mundial. Tampoco jugó en la temporada de 1968. Reapareció en 1969, bateó para .255 con 20 jonrones y 82 empujadas. En 1970 bateó .266 con 36 jonrones y 116 empujadas. Luego sólo jugo muy poco en 1971 e intentó regresar sin éxito en 1975.

Alfonso L. Tusa C.  /  http://magallanenando.blogspot.com/2009/08/la-tragedia-del-pelotazo-en-la-cara-de.html

Los 9 Mejores de Venezuela en las Grandes Ligas

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En estos dias que más se acerca el Juego de las Estrellas este parece ser estará repleto de jugadores latinoamericanos. En Venezuela deben estar de gozo una vez más ya que Miguel Cabrera se perfila será abridor en la escuadra de la Liga Americana. En ese circuito si lo justo es justo deben estar vistiendo su camisa también de luminarias en la americana José Altuve, Victor Martínez, Salvador Pérez y Félix ‘El Rey’ Hernández.

Dias atrás tiene que haber sido de adición de gran goce la exaltación de Omar Vizquel al Salón de la Fama de los Indios de Cleveland. Quien sabe si fue el peldaño que necesitaba para verle también entre los grandes en Cooperstown. En mi opinión debe estar al igual lo deberán ser en un futuro Pedro Martínez, Iván Rodríguez ‘Pudge’ Rodríguez y Mariano Rivera. Más allá en el calendario el día que cuelgue su guante y sus spikes lo será Miguel Cabrera un residente del pabellón de los inmortales.

En muchos paises latinoamericanos se celebran jugadores que ya pasaron por el mejor béisbol pero en el caso de Venezuela ese pelotero está hoy en el terreno de juego. Sín entrar en controversias con los debates sobre Mike Trout el inicialista de los Tigres de Detroit debe ser considerado el mejor.

Más que posiblemente es el más sobresaliente del presente, respetando la opinión de cada cual, aquí va mi listado de los mejores nueve de posición en la historia de Venezuela y ellos son:
1-Miguel Cabrera
2-Omar Vizquel
3-Luis Aparicio
4-Andrés Galarraga
5-Magglio Ordoñez
6-Bobby Abreu
7-David Concepción
8-Tony Armas, padre
9-Carlos González

TONY MENENDEZ

LOS 5 MEJORES PITCHERS HISPANOS “EVER”

LOS 5 MEJORES PITCHERS HISPANOS “EVER”

Por Andrés Pascual

El pasado 15 de septiembre, José M Romero (desconozco su nacionalidad), publicó en MLB.com una colaboración especial cuyo título es, “Los cinco mejores pitchers latinos retirados”, ranking, según sus propias palabras, en honor al Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos.

Con esa tendencia que tenemos los cubanos a molestarnos por todo lo que no nos considere “Reyes del Azúcar”, pues el maldito escalafón levantó ronchas en los veteranos de la Mayor de Las Antillas que conocen todo del beisbol nuestro. En los de nueva edición no, esos no conocen los anales del beisbol en Cuba más allá del Industriales o de Omar Linares y, lo peor, no les interesa defender un pasado que les es ajeno por apatía, por desgano, por coincidencia de criterios que ni explicar pueden, o por el divorcio absoluto con la historia que les impusieron, pero que ni esfuerzos hacen por condonar la deuda moral con la patria recuperando para sí la historia verdadera.

Para escoger a esos cinco lanzadores, el autor de la nota se valió de varias figuras prestigiosas “con amplio dominio del beisbol latino”; aunque, por experiencia sé, que resulta engañoso el término “conocedores de ese tipo de pelota”; a fin de cuentas, pocos americanos pueden hablar con autoridad sobre la pelota cubana, a pesar de sus libros y el nombre que le acredite por escribir en un medio famoso. Tito Rondón, verdadero historiador que sí sabe del “beisbol”, con seguridad concuerda conmigo.

Según el material, el primer pitcher hispano (rango de big leaguer, por supuesto), es el Dandy de Quisqueya, Juan Marichal, con Pedro Martínez en segundo y yo diría que, si alguien invirtiera los lugares, también funcionaba la selección: el Mariscal de los Gigantes ganó más juegos, aunque ningún Cy Young, mientras Pedro tiene tres adornitos en su vitrina. A mi modo de ver, con estas selecciones debe estar todo el mundo de acuerdo.

Después, Luis Tiant jr en tercero, con Denis Martínez y Fernando Valenzuela cerrando el quinteto en ese orden

En lo único que no coincido con el Five Top, es en colocar a Valenzuela sobre Mike Cuellar; ni a la fuerza se puede meter a La Habana en Guanabacoa y, si acaso se hizo porque el mexicano movió a Los Angeles tras los Dodgers con la “Fernandomanía”, esto no debe ser un escalafón por méritos sociológico, sino de resultados deportivos.

Con algo que disiento del material de MLB.com, es con la velada sugerencia de que Alex Pompez, previo a la tarea de scout de Joe Cambria para los Senadores de Washington desde Cuba, funcionó como la llave de la puerta que da al beisbol americano para los hispanos, en detrimento del individuo a quien más hay que agradecerle: Abel Linares.

El nombre del beisbol cubano debería ser Abel Linares, sin él no hubiera sido posible mantener al juego en el orden de pasatiempo nacional hasta los 60’s, porque fue quien impuso a la pelota sobre el balompié en la preferencia del público habanero durante los 20’s; dueño del Almendares Park y motivador de las Series Americanas junto a Tinti Molina, que llevaban a jugar a Cuba, contra selecciones o clubes cubanos, a similares de Grandes Ligas, de Triple A, o del beisbol sepia independiente pre-ligas negras; propietario del Habana y del Almendares, colocó en Ligas Negras a los Cubans Stars en 1920 con la ayuda de Tinti Molina, antes de cualquier participación de Pompez, que se inició después, con clubes de nombre cubano como el propio Cubans Stars o los NewYork Cubans del Este.

Por lo demás, creo que esa selección está bien. El cubano debe recordar siempre que, si de algo no tienen la culpa ni el cronista ni el pelotero del área, es de que, en 1961, con la total anuencia del pueblo, el tirano liquidara por decreto el beisbol profesional y, 49 años son suficientes como para que de nuestra pelota de ayer solo queden gratos recuerdos, mayormente en ajenos.

Las cosas van a continuar peores para la historia del beisbol nacional, si no lo cree, escuche: este mes hay varias efemérides de jugadores importantes para la verdadera gloria de Cuba; sin embargo, los cronistas recién llegados o casi, supuestos relevos de la vieja guardia, se entretienen en difundir el retiro de Norge Luis Vera y las noticias sobre Agustín Marquetti o el Industriales. Si estos señores funcionan así, no hay ningún derecho a juzgar a quien, sin ser cubano, haga las cosas como crea…Por lo menos yo veo esto así.


El mejor pitcher hispano en Grandes Ligas, Marichal

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