EL DINERO NO PRESIONA AL JUGADOR DE HOY

lincecum the best

Por Andres Pascual

Yu Darvish se convirtió en el pitcher que más rápido alcanzó los 500 ponches en la historia de las Grandes Ligas, lo hizo en 401 innings; previamente, Kerrry Woods había necesitado 403 para imponer el récord anterior.

LAS PRESIONES SON OBLIGACIONES EXTRAS QUE TIENE ALGUIEN PARA HACER ALGO, LO QUE SEA, PERO HACERLO…si recibe un salario, HACERLO BIEN, lo mejor posible.

Si un individuo recibe dinero por batear o por lanzar, tiene que demostrar que para algo le pagan, la incompetencia no se perdona en el profesionalismo; posible y “aguantable”, hasta cierto punto, entre aficionados, donde se supone que juegue solo para entretenerse, no para ganarse la vida.

En las Grandes Ligas de hoy los jugadores no se sienten presionados por las cantidades tan ridículamente fabulosas que les dan, la impresión es que creen que “lo merecen”, que nacieron de dioses a quienes hay que darles todo y perdonarles la apatía o el desplante, salga el sol por donde salga.

Ni la prensa ni el público habilitan el espacio recordatorio, fijo, permanente, que alerte sobre los enormes contratos con que los benefician y la obligación de responderle, cada vez que inician el proceso de robo legal, de vividores, con las mil y una modalidades que tienen para no jugar a matarse, que pueden comenzar en entrenamientos imperfectos o incompletos, que después producirán una o varias lesiones de diferente gravedad durante el calendario de juegos.

Evidente en muchísimos peloteros, el descenso de la curva de rendimiento desde el año que firman hasta el último en que necesitan demostrar que valen el doble del cheque anterior; mientras, en el medio, lo hicieron en nivel de un Doble A molesto porque sabe que no ascenderá en el próximo grupo.

Tim Lincecum, Mark Texeira o Carl Crawford son tres nombres de un grupo que puede pasar de 25, que han visto caer sus números, de tal forma espectacular y sospechosa, que se puede asegurar que rinden para salarios inferiores al del primer año, a pesar de alguna que otra lesión.

El mayor problema es que siempre aparece un General Manager que no sabe cómo enfrentar la discusión con el agente, por lo que pierde hablando y repite los errores en su defensa entregando la cantidad que quiere el representante; entonces se debe concluir que, a la mesa de discusión de salarios de los peloteros, lo que se juega son los intereses monetarios personales de Boras y cía a través de la representación del atleta.

Tener un grupo oficial, legal, que ampare al hombre que a veces ni juega, posibilita que el tipo se haga dueño histórico de una posición que no perderá ni en elecciones democráticas, por lo que aquel movimiento de la vieja y siempre bien recordada “cláusula de reserva”, que conservó la moral del juego aplicándole al vago y poco competidor la pólítica “te mando a las Menores o te cambio a un club sotanero si no rindes”, es imposible hoy; o aquel otro, joya del juego del ayer, cuando un lesionado cedía un puesto ante un recluta llamado con urgencia de Triple A y más nunca volvía a la posición que ocupó, el caso Gehrig es el referente histórico y tradicional del movimiento.

Época cuando el público importaba, porque se le respetaba como debe y merecía, no como hoy, que es parte activa de la conspiración contra sí mismo, porque no se respeta ni siente respeto por nada ni por nadie.

Definitivamente, al bigleaguer actual solo porque juega en dos circuitos que todavía llaman Grandes Ligas; que puede comprar Puerto Rico con una firma; que tiene 6 autos de motores de alta potencia europeos en los parqueos; que tiene como hobby la serie de fotos pecaminosas con celebridades más rutinarias de lo normal y que le pesa saludar al niño que lo solicita, no lo derrumba la respuesta al compromiso salarial ante la mala actuación por sostenida que sea, sencillamente, una vez que tienen el dinerito asegurado y son dueños, sin posibilidades de perderlos, de sus puestos de trabajo, les da lo mismo “chicha que limoná”, por lo que se ve, al público y a la prensa, consecuente con el interés subrepticiamente disfrutable, también.

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