ARMANDO CAPIRÓ, UN DESPERDICIO INCREÍBLE

capiro combinado

Por Andrés Pascual
En la Cuba de antes cualquier pelotero o boxeador de condiciones era “descubierto”, si vivía en el campo, por recomendación de alguien con cierto poder económico y un par de “relaciones”; entonces se lo proponían al circuito amateur, donde podía jugar, si era blanco, en la Liga Nacional; si negro, en la Liga Interfuerzas Armadas, en la Semi-Profesional, en la Social o, después de 1944, en la Liga Azucarera Pedro Betancourt, que la formaron novenas de Las Villas y Matanzas, por lo general Centrales.

Otra liga que se organizó para competir contra la de Pedro Betancourt fue la del ex pelotero Alberto Hernández, conocido como Saguita, sin resultados satisfactorios por el poder económico de la competencia.
Para que un pelotero no saltara al profesionalismo en Cuba, tenía que asegurarlo el club amateur que lo tenía en róster, con un buen trabajo y mejores condiciones de vida, como proporcionarle un auto o una vivienda, incluso ambas muchas veces.
Por tal razón, varios equipos de la Unión Atlética impidieron que muchas posibles estrellas para el beisbol rentado, concluyeran sus días como jugadores profesionales, porque cumplieron el, para la época, atractivo ABC de rutina al efecto.
Eran firmas de negocios, muy fuertes en lo económico, como el HERSHEY, el TELÉFONOS, la Asociación de Colonos, el CUBANELECO, el Artemisa (Hotel Sevilla), de quienes Angel “Patón” Acosta recibió un trato especial por lo que, todavía en 1973, vendía batidos de plátanos detrás de un mostrador, frente a una esquina del hotel y a otra de un club nocturno.
De esa forma se apagaron las condiciones para el juego de Quilla Valdés, Narciso Picazo, Pedro Flores, Gustavo Alfonso, Papo Carvajal, Quinco Rodríguez, Carlos Balvidares, Mario González, Mingolo del Monte, Pancho Villa Armas, Manuel Garcia, Hermes Arrechea, Jesús Ramiz, José Mir, Manguito Puentes, Pedro Chávez (firmó por el bono más grande ofrecido a un amateur en Cuba antes de 1960, 15,000 dólares, pero pidió que le devolvieran el contrato antes de que llegara a las oficinas del Comisionado, nunca repuso el dinero), más de 100 jugadores talentosos prefirieron un salario fijo de una industria que experimentar en el peligroso profesionalismo.
Antes nadie decía “le robaron al amateurismo”, porque, en ningún sector social de posibilidades competitivas por esfuerzo personal, se roba nada. Esa forma de demeritar al profesionalismo por la fuente laboral que representa, es la contrapartida del castrocomunismo, porque no pueden igualarlo y apesta desde que la inició la prensa oficialista de Castro en 1961, mes de septiembre.
Pero el jugador también podía firmar directamente sin necesidad de “cursar estudios” en una liga aficionada..
Fue a partir de 1961 que se impone en Cuba una nueva forma de mantener al jugador en estado híbrido a la fuerza, al impedírsele que pueda convertirse en profesional “de plantilla”.
El desgobierno, ejecutor del decreto, trazó los lineamientos promocionales como línea partidista, sin posibilidad de selección legal, e imposible de clasificar la categoría de un jugador; porque no estaban en nóminas de trabajo como peloteros, pero les pagaban para que jugaran pelota; de esa forma nació el término “profesional de estado”, porque eran obreros esclavos obligados a laborar en un limbo raro sin términos medios.
Entonces se perdió la cantera cubana y con esta el talento de más de medio siglo de los mejores peloteros del mundo después de los americanos.
Armando Capiró Laferté (NÚMERO 9 EN LA FOTO) no fue un pelotero de cinco herramientas, porque no era rápido y su fielding fue promedio; mal empleado como derecho en el leftfield en equipos de Series Nacionales, como también hacían con Lourdes Gourriell.
De igual forma que Marquetti, Wilfredo Sánchez, Eusebio Cruz o Sixto Herández jugaban en el right siendo zurdos… parte de la pedagogía que ha puesto de cabeza y en condición lamentable el nombre y la imagen del beisbol cubano, hoy calificado de “alumno retrasado” por países que aprendieron a jugar con los Reyes del Azúcar y hasta a pensar lo poco que discernían del juego, pero lo malo sucedió y no hay vuelta atrás.
Desde que abandonó el pitcheo, que lo llevó a integrar equipos juveniles a una serie en Canadá contra ese país en 1964 y a otra en Cuba en 1965 contra los mismos oponentes, apareció el mejor prospecto que el país hubiera podido ofrecerle al Beisbol Organizado en el período 1966-1972, por encima de Isasi y comparable a Muñoz en valor de mercado; porque, en sentido general, Armando Capiró fue un diamante en bruto, miserablemente desperdiciado por efectos de una política que, a quienes no beneficia en nada, es a los atletas: con un brazo poderoso, capaz de competir con lo mejor del beisbol en cualquier nivel durante su esplendor, con la capacidad superlativa del toletero que cumple función de hitter también, como lo fueron Musial, Dimaggio, Zeke Bonura o Johnny Mize en Grandes Ligas, porque se poncharon menos veces como sluggers que bases por bolas recibieron, nadie sabe qué hubiera podido hacer este outfielder en las Mayores, porque otros de menos condiciones triunfaron, como Miguel Diloné o Steve Kemp, incluso Cheo Cruz y Willie Montañez o Tony Armas.
Todavía en 1974, durante los Juegos Centroamericanos de República Dominicana, a los 27 años, varios scouts discutían el valor de Capiró dentro del su equipo como comparable al del entonces joven recluta pinareño de 22, Alfonso Urquiola, de quien decían que valía 80,000 en aquel momento.
Armando Capiró jugó 14 Series Nacionales, interrumpidas por el capricho y el abuso de poder del entonces Jefe de la Asamblea del Poder Popular de La Habana, Oscar Fernández Mell, que declaró públicamente: “mientras esté yo aquí que se despida de las Nacionales”, corría 1980, como detalle de lo poco que le interesaba a Castro el juego ni, mucho menos “sus atletas” robados al profesionalismo a la fuerza, nadie conoce de una intervención del tipo, que pusiera las cosas en orden, alrededor de tamaña injusticia.
El ex jardinero camagueyano, residente en Santiago de Las Vegas, se ponchó 348 veces en 3948 oportunidades al bate, pero recibió 496 bases por bolas, lo que demuestra su capacidad superlativa de bateador slugger, capaz de producir promedio; aunque concluyó su carrera con .298, estuvo a punto de ser el primero en Series Nacionales que bateara sobre .400
Capiró no pertenece al concierto post 1995 de jugadores que han pisoteado el beisbol nacional por tantos bateando sobre .400 tantas veces que asquea.
Si este hombre no pudo poner números como más de .300 en toda su carrera, más de 1000 empujadas y más de 300 jonrones, fue porque no vivió “al largo de la soga” la etapa del bate de aluminio; pero, sobre todo, porque le tocó jugar durante la última era de grandes prospectos del pitcheo cubano con filosofía profesional.

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